Flores para la eternidad

Este año caminé mucho y recolecté florecitas silvestres de varios colores que las estoy secando en un libro.


Un gesto, un futuro regalo para mi hijo, un testigo físico de un año que aprendí cosas que no quiero olvidar.


Aprendí que todo pasa, aunque parezca que el el dolor no deja entrar un rayito de luz, aunque la ausencia y el miedo se sienta como tierra seca y agrietada en la piel.


Todo, todo pasa y es importante contar con esa certeza.


Aprendí que no hay nada más poderoso que la propia respiración, el movimiento y la naturaleza para equilibrar y sanar. Y continuar.


Nada que la montaña no pueda aguantar por ti, ni el río limpiar, o calmar o filtrar.


Que el movimiento desintoxica lo que vamos albergando en el cuerpo y en la mente, que la angustia se desarma en el ritmo constante del soplo de aire que inicia la vida.


Entendí que en el centro está el apoyo y la inspiración de nuestros vínculos. Que mis amigas, mi mami, mis hermanas y la gente que amo literalmente hacen posible mi paso por esta vida.


Entendí que nos equivocamos mucho al creer que el viaje de la vida nos invita a ser más rígidos y fuertes, cuando es lo contrario. Cuando se trata de abrirse cada vez más a la ternura, a la amabilidad, a la compasión, al cambio de opinión.


Que ahora se necesitan más espigas en medio de tantos robles. Que todos buscamos ser vistos, reconocidos y amados y que esto sólo ocurre cuando somos valientes y nos dejamos ver por dentro.


¡Feliz y valiente 2022 madres poderosas!



Foto: Kay García

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